El instrumento principal e infaltable es el propio cuerpo… yo soy la mano y la arcilla a la vez, soy el chelo y la mano que lo toca. Cada cual debe corregir su propio instrumento.
Hoy en día el cuerpo entró en desuso, el hombre se ha olvidado de utilizarlo en la expresión y es por eso que vemos muchos niños que cargan con él con bastante dificultad, o pisan mal. Están como entumecidos. Hay una dicotomía entre el desarrollo intelectual y el corporal, todavía no pudieron entrar en su ser y moldearlo.
Las clases de euritmia son acompañadas por un pianista por lo que se trabaja con ritmos, con la vivencia de la música en sus agudos y graves y también incorporamos los tonos en los gestos. En los grados superiores nos movemos, por ejemplo, con piezas de Mozart.
Es un proceso lento y en muchos casos homeopático. Pero los efectos para un niño que logró abrirse a ésta práctica, son fantásticos.
Cuando el niño puede plantarse en su cuerpo y decir “yo” es cuando se siente seguro; o cuando puede manejar su propio espacio de desplazamiento y respetar el espacio de los otros, entonces participa del mundo con todo su ser en total responsabilidad.
Tuve mi primer contacto con la antroposofía en el año 1984, trabajando en un proyecto social de agricultura biodinámica en la selva tucumana.
Luego gracias a un contacto de mi hermano viajo a España para trabajar en una comunidad antroposófica, también en el campo de la agricultura biodinámica.
En el año 1992 tras un fuerte deseo de realizar el seminario para convertirme en maestro waldorf, viajo a Alemania , pero el destino quiso que presenciara una exposición de euritmia artística que me conmovió y me condujo, después de cinco años de estudio, a graduarme como euritmista.